LA COMPETITIVIDAD, ¿VALOR INTRÍNSECO DEL LIBERALISMO?
I. Martín Torres
Empecemos,
ante todo, definiendo competitividad. Este concepto tiene un abanico de
significados muy amplio. Dicho margen difuso es el hilo suelto del que muchos
se aprovechan para construirse su sparring particular. Una definición de
competitividad es la siguiente: capacidad de las empresas para diseñar, desarrollar,
producir y colocar sus productos en el mercado internacional en medio de la
competencia con empresas de otros países [1] Sin embargo, esta
definición es específica de un determinado sector (el empresarial). Otra
posible definición de competitividad es la disposición a satisfacer un estándar de
excelencia respecto a las comparaciones que se hacen en presencia de
evaluadores externos[2] Los paradigmas empresarial y
deportivo son, a efectos generales, los marcos más comunes donde se suele
encajar la competitividad. Sin embargo,puede encontrarse una definición más
general de la misma en la RAE, que define competitividad como tendencia a participar en cualquier
rivalidad para conseguir un fin[3]
En general, la definición más simple y apropiada de competitividad a nivel
humano[4], en mi opinión, podría ser
la siguiente: aquella necesidad de validar, mediante la comparación, la
superioridad de uno mismo, sus logros o sus posesiones sobre la inferioridad de
los otros[5]
La
competitividad, a niveles moderados, tiene un efecto beneficioso, puesto que
impulsa el crecimiento personal. Sin embargo, la competitividad extrema es
perjudicial, y puede generar una sensación de dependencia hacia la aprobación
externa y de sectarismo social. El ejemplo más claro es la aplicación enfermiza
del `sueño americano´, que se basa en la posibilidad de, con esfuerzo y
dedicación, de que todo el mundo triunfe, estableciéndose el criterio de
triunfo en relación al fracaso del resto, es decir, en la competitividad más
absoluta[6]. Aplicada esta premisa al
extremo, surgen los winners y los losers, que no adquieren esta condición
solamente por su `esfuerzo personal´ sino en la gran mayoría de las ocasiones
por su situación socioeconómica.
Habiendo
introducido el tema, quisiera rebatir específicamente un comentario algo
gratuito realizado hoy por un profesor mío, el Doctor Juan García-Puig, el
cual, si bien carece de importancia de forma aislada, se engloba en un conjunto
más amplio de pensamiento colectivo que ha sido impuesto y que no es del
todo cierto. El comentario venía a ser algo así: la principal ventaja de la educación (privada) de EE.UU sobre la
educación pública en España es que allí son competitivos: todos quieren el
mejor profesor, el mejor sitio en clase… mientras que aquí nos tenemos que
conformar con lo que hay. Ese es el error del comunismo, que como todo es igual
para todos, no hay competencia y no hay progreso.
Respecto a esto, discrepo en varios puntos:
Primero,
establecer como criterio diferenciador principal entre la educación liberal
estadounidense y la educación pública española la generación de competitividad
es un error de prioridades. Es evidente que este no es, ni mucho menos, el
criterio principal. La calidad de las instalaciones, la calidad del
profesorado, el nivel de exigencia académico, el método de evaluación, el
método de enseñanza… esos sí son criterios principales.
Segundo,
el sugerir que la educación privada sea mejor que la educación pública
es arriesgarse demasiado. Es, como dice mi hermano, ´tirarse un triple`. Hay
ejemplos claros de esto. Por ejemplo, según señala un informe de la UNESCO[7] la educación cubana merece
especial mención en lo que respecta a la calidad de la preparación del cuerpo
docente. La UNESCO concluyó también en otro informe[8] que
Cuba es el país
de América Latina y el Caribe con mayor Índice en el Desarrollo de la Educación.
Por último (aunque podríamos seguir) UNICEF señala que Cuba presenta una tasa
de alfabetización del 100%[9]
Este último dato contrasta con el 83% de alfabetización que presenta EE.UU. ¿Qué quiero decir con esto? Que las mejoras en
educación no van siempre ligadas al desarrollo de la infraestructura, ya que,
como bien expliqué en otro artículo, las relaciones internas entre la
superestructura son también cruciales para el desarrollo de la misma.
El
tercer punto con el que estoy en desacuerdo es el siguiente: La gestión
pública también es competitiva. No hay más que observar el auge tecnológico, científico y
cultural que experimento la URSS: uno de los crecimientos económicos mayores de
la historia reciente, lanzamiento del Sputnik 1, primer hombre (Yuri
Gagarin) y primera mujer (Valentina Tereshkova) en entrar en
órbita alrededor de la Tierra, desarrollo del Tokamak 10, la mayor
instalación termonuclear experimental de entonces en el mundo, y un larguísimo
etcétera.
Cuarto punto en desacuerdo: la competitividad de una
estructura, bien sea tecnológica, sanitaria, etc. no se genera únicamente por
la competitividad interna de sus miembros. Siguiendo con el ejemplo
anterior: el progreso tecnológico desarrollado durante la guerra fría por la
URSS y los EE.UU. se vio favorecido por la competencia entre ambos sistemas, y
no solamente por las competencias internas entre las unidades internas de los
mismos.
Quinto punto en desacuerdo: la competencia no es un
concepto medible únicamente a nivel económico-empresarial. Esto ya lo
expuse al principio de este texto. Decir que un sistema comunista no genera
competitividad es pues un absurdo. ¿No hay competitividad en el deporte? ¿No
hay competitividad académica? ¿No hay competitividad a nivel de logros
personales? ¡Claro que la hay! Entonces, ¿a qué tipo de competitividad estamos
haciendo ilusión? Eso que lo reflexione cada uno.
Sexto y último punto en desacuerdo: en la educación pública española no hay competitividad. ¿Qué representa entonces la PAU? ¿Y el MIR? ¿Y el hecho de que exista un número limitado de plazas para especialidades? En España si hay competitividad educativa, negarlo es un absurdo.
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El discurso neoliberal es, a términos generales, el armazón
donde pequeños clavos, donde pequeñas afirmaciones cotidianas, imperceptibles,
anclan la estructura ideológica dominante. Por separado, solo es un profesor
universitario diciendo su opinión a los alumnos que lo escuchan, solo es un
tertuliano gritando por la televisión, solo es un libro de la ESO que educa
selectivamente, solo es una capilla en una universidad… en conjunto, es la
expresión de una ideología implantada en la sociedad. ¿Qué solución debemos
imponer? Evidentemente, no la prohibición, pero si la resistencia, por medio del
autoaprendizaje, la dialéctica y la enseñanza. ¡Qué curioso, la solución no es
más que generar competencia!
[1] Alice, J. (1987) Evaluating industrial competitiveness at the
office of technology in society. New York: Basic Book Inc. Extraido del
sitio http://www.ucentral.edu.co/
[2] Martens, M.P. y Weber, S.N. (2002) Psychometric properties of the Sport Motivation Scale: an evaluation
with college varsity athletes from de U.S. Journal of Sport and Exercise
Psychology
[4] No estoy refiriéndome en este
artículo a la economía solamente, aunque pudiera parecerlo.
1 comentario:
La competitividad debe significar autosuperación. Es una forma de que los errores del pasado nos ayuden a aprender y evitar que vuelvan a ocurrirnos en el futuro. Es una forma de mejorar nosotros mismos. Y todo sin ser excesivo. La competitividad excesiva genera egoísmo, rivalidad y "aplasta" al resto, "a los que se quedan abajo".
Y la competitividad, estoy de acuerdo, no siempre tiene que ir de la mano de la política y la economía. La competitividad es un valor que nosotros adquirimos para nuestro propio bien y para mejorar. Y nos debería ayudar para ser mejores personas, no para destruirnos.
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