La batalla de las palabras: algunos aspectos sobre el aborto
I. Martín Torres
A
efectos prácticos toda batalla ideológica se desarrolla, en un plano
subyacente, como una disputa lingüística. Wittgenstein decía: los límites de mi lenguaje son los límites
de mi conocimiento. Controlar el lenguaje, apoderarse de esa preciada
colina tan estratégicamente situada, es tomar el control amplio de la situación.
Dominar el lenguaje es dominar del conocimiento. Si añadimos al problema el
hecho de que, en España, quienes poseen el lenguaje dominante poseen, a su vez, los
medios de comunicación de masas más asentados, obtenemos una desventaja clara
en el contexto de la adquisición de conciencia propia.
La
batalla por el control de la comunicación es ardua. En los últimos años han
surgido nuevas formas de divulgación, muchas de ellas gracias al movimiento
15M. Internet también ha abierto una nueva ventana para el cambio. Sin embargo,
todavía queda mucho por hacer, puesto que los grandes medios de comunicación,
los medios de masas, siguen en manos de la oligarquía financiera.
En
este pequeño artículo, y en posteriores probablemente, me centro en la otra cara
de la moneda, no tanto el control sobre cómo
se distribuye lo que se dice, sino en el control de cómo se dice lo que se dice. A esto es a lo que me refiero cuando,
en términos más líricos, me refiero a la batalla de las palabras. Exponer una
tesis de forma que el público entienda, sienta y padezca un cóctel de conceptos
y sensaciones que previamente se habían introducido en dicha tesis dota
a esta de un valor propagandístico muy superior al de una simple argumentación.
En este sentido, manipular el lenguaje –no solo el verbal, aunque me centre en
éste en el artículo– para conseguir una mayor visceralidad en la recepción del
contenido se ha establecido como un continuo en el paradigma de la comunicación
de masas.
Como ejemplo clarísimo, expondré a continuación un análisis muy superficial de la batalla lingüística que se está llevando a cabo en lo referente al aborto. El lector solo tiene que revisar los mensajes con los que continuamente bombardean los medios de masas: desde “inocentes” declaraciones en las que se habla de –fetos, de –vida… hasta brutales afirmaciones como que el aborto está relacionado con ETA, que se abortan bebés, que el aborto es contrario a los Derechos Humanos, etc[1]. Bien es cierto que cualquier persona con un mínimo de razonamiento crítico se ríe a carcajada limpia ante afirmaciones titánicas como que abortar es asesinar niños, pero ¿se da cuenta el lector que, subyacente a estos casos tan evidentes, se está realizando un juego mucho más sutil? Pongamos dos ejemplos:
Un
reciente estudio, publicado en 2012 por la Asociación de Clínicas Acreditadas
para la IVE[2]
(ACAI) proporciona información respecto a la situación actual del aborto en
España. Según este estudio, el 53,98% de los abortos se produjeron antes de
la 7º semana de gestación, mientras que un 97,80% se produjeron antes de
la semana 14 de gestación. Por otra parte, estudios del Ministerio de
Sanidad[3] afirman que, en 2011, un
65,56% de las IVE se produjeron antes de las 8 semanas de gestación. Científicamente,
se considera que el estadio de embrión abarca
hasta aproximadamente la octava semana se gestación, a partir de la cual se
habla del estadio de feto. No es
pues descabellado afirmar que lo más riguroso es referirse, en temas de IVE, a que el
procedimiento se practica a embriones y no a fetos, puesto que más de la mitad
de dichos procesos tiene por objeto un embrión. Sin embargo, la ideología
dominante tiene otro discurso y utiliza otros términos como –bebés o –niños, que claramente no son los objetos del aborto, por razones lógicas, puesto que ya son nacidos. Pero es que ni
siquiera referirnos a –fetos sería lo más riguroso, y se da el caso de que una gran mayoría de las personas que sí se dan cuenta de que no se abortan niños argumentan que se abortan fetos. ¿Por qué? Porque están inmersos en un sistema de manipulación de ideas, en una batalla de palabras. ¿Por qué es el discurso
oficial el que transmite por los medios de masas términos manipulados?
Según
datos del mismo estudio, tan solo un 4% de las mujeres que abortan tienen
edades comprendidas entre los 16 y los 17 años. Así mismo, en otro estudio
de la ACAI, esta vez de 2011, se observaba como un 87% de las menores de 16 y
17 años informaban a sus padres de la situación y contaban con el apoyo de
estos. No hay más que ponerse a analizar algunas intervenciones para darse
cuenta de que, contrariamente a este dato, uno de los argumentos más usados
para criticar la anterior ley del aborto era que “las niñas de 16 años no
podían abortar” por la razón oportuna que considerara el tertuliano de turno.
De nuevo esta táctica, ya muy usada y conocida, de llevar el debate a términos
extremos. ¿Qué conseguimos usando como ejemplo de una argumentación casos
extremos o minoritarios? Que nuestro discurso gane potencia y sensacionalismo.
Sin embargo, ¿el resultado de nuestras peticiones afecta exclusivamente a esa
minoría que serían, en este caso, las mujeres de 16 años? Para nada, afecta a
todas las mujeres, independientemente de su edad. ¿Qué se debe hacer? Dejar claro en cada discurso que las mujeres que abortan son, en su mayoría, mujeres de entre 18 y 40 años. No basta solo con refutar la tesis del oponente, sino que es necesario entrar a la batalla de las ideas y exponer la tesis contraria; no es lo mismo decir "no solo abortan las mujeres de 16 años" que, en cada una de nuestras argumentaciones, introducir el dato de que la mayoría de los abortos los practican mujeres adultas. Lo primero es una contra-argumentación, lo segundo es adoptar una actitud más consecuente.
Tras
estos dos casos queda sobradamente ejemplificado como, subyacente a toda
confrontación ideológica, se da una confrontación de discurso. No analizaré en
este artículo el uso del término –vida en referencia al aborto, porque es algo
bastante más complejo y largo de analizar de lo que pretende ser esta entrada.
Me interesa, sobretodo, dar las claves para un análisis distinto de la
situación, así como para un abordaje distinto del propio discurso. Debemos
cuidar extremadamente nuestras argumentaciones, y no utilizar las palabras
–previamente privadas de su significado original– oficiales, sino que debemos
dar un potente giro a nuestro discurso. Aceptar y entrar en el juego de la
manipulación, aun haciéndolo inconscientemente, es perder previamente la mitad
de partida. Uno de los deberes de la izquierda radical es adueñarse de nuevo
de conceptos que nos han arrebatado. Cada vez que, en un debate, se utilice
mal el término –feto, el término –bebé, el término –persona… cada vez que, como
único argumento, se use el “niñas de 16 años que abortan” el “personas que
abortan diez veces en un mes”, etc. se debe automáticamente entrar a refutar no
solo el contenido del discurso, sino el discurso por entero, no hay que
focalizarse en un solo plano, sino extender nuestra lucha a cualquier trasfondo
posible.
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