Disparando ideas

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jueves, 13 de febrero de 2014

LA COMPETITIVIDAD, ¿VALOR INTRÍNSECO DEL LIBERALISMO?

I. Martín Torres

Empecemos, ante todo, definiendo competitividad. Este concepto tiene un abanico de significados muy amplio. Dicho margen difuso es el hilo suelto del que muchos se aprovechan para construirse su sparring particular. Una definición de competitividad es la siguiente: capacidad de las empresas para diseñar, desarrollar, producir y colocar sus productos en el mercado internacional en medio de la competencia con empresas de otros países [1] Sin embargo, esta definición es específica de un determinado sector (el empresarial). Otra posible definición de competitividad es la disposición a satisfacer un estándar de excelencia respecto a las comparaciones que se hacen en presencia de evaluadores externos[2] Los paradigmas empresarial y deportivo son, a efectos generales, los marcos más comunes donde se suele encajar la competitividad. Sin embargo,puede encontrarse una definición más general de la misma en la RAE, que define competitividad como tendencia a participar en cualquier rivalidad para conseguir un fin[3] En general, la definición más simple y apropiada de competitividad a nivel humano[4], en mi opinión, podría ser la siguiente: aquella necesidad de validar, mediante la comparación, la superioridad de uno mismo, sus logros o sus posesiones sobre la inferioridad de los otros[5]

La competitividad, a niveles moderados, tiene un efecto beneficioso, puesto que impulsa el crecimiento personal. Sin embargo, la competitividad extrema es perjudicial, y puede generar una sensación de dependencia hacia la aprobación externa y de sectarismo social. El ejemplo más claro es la aplicación enfermiza del `sueño americano´, que se basa en la posibilidad de, con esfuerzo y dedicación, de que todo el mundo triunfe, estableciéndose el criterio de triunfo en relación al fracaso del resto, es decir, en la competitividad más absoluta[6]. Aplicada esta premisa al extremo, surgen los winners y los losers, que no adquieren esta condición solamente por su `esfuerzo personal´ sino en la gran mayoría de las ocasiones por su situación socioeconómica.

Habiendo introducido el tema, quisiera rebatir específicamente un comentario algo gratuito realizado hoy por un profesor mío, el Doctor Juan García-Puig, el cual, si bien carece de importancia de forma aislada, se engloba en un conjunto más amplio de pensamiento colectivo que ha sido impuesto y que no es del todo cierto. El comentario venía a ser algo así: la principal ventaja de la educación (privada) de EE.UU sobre la educación pública en España es que allí son competitivos: todos quieren el mejor profesor, el mejor sitio en clase… mientras que aquí nos tenemos que conformar con lo que hay. Ese es el error del comunismo, que como todo es igual para todos, no hay competencia y no hay progreso.

Respecto a esto, discrepo en varios puntos:

Primero, establecer como criterio diferenciador principal entre la educación liberal estadounidense y la educación pública española la generación de competitividad es un error de prioridades. Es evidente que este no es, ni mucho menos, el criterio principal. La calidad de las instalaciones, la calidad del profesorado, el nivel de exigencia académico, el método de evaluación, el método de enseñanza… esos sí son criterios principales.

Segundo, el sugerir que la educación privada sea mejor que la educación pública es arriesgarse demasiado. Es, como dice mi hermano, ´tirarse un triple`. Hay ejemplos claros de esto. Por ejemplo, según señala un informe de la UNESCO[7] la educación cubana merece especial mención en lo que respecta a la calidad de la preparación del cuerpo docente. La UNESCO concluyó también en otro informe[8] que Cuba es el país de América Latina y el Caribe con mayor Índice en el Desarrollo de la Educación. Por último (aunque podríamos seguir) UNICEF señala que Cuba presenta una tasa de alfabetización del 100%[9] Este último dato contrasta con el 83% de alfabetización que presenta EE.UU.  ¿Qué quiero decir con esto? Que las mejoras en educación no van siempre ligadas al desarrollo de la infraestructura, ya que, como bien expliqué en otro artículo, las relaciones internas entre la superestructura son también cruciales para el desarrollo de la misma.

El tercer punto con el que estoy en desacuerdo es el siguiente: La gestión pública también es competitiva. No hay más que observar el auge tecnológico, científico y cultural que experimento la URSS: uno de los crecimientos económicos mayores de la historia reciente, lanzamiento del Sputnik 1, primer hombre (Yuri Gagarin) y primera mujer (Valentina Tereshkova) en entrar en órbita alrededor de la Tierra, desarrollo del Tokamak 10, la mayor instalación termonuclear experimental de entonces en el mundo, y un larguísimo etcétera.

Cuarto punto en desacuerdo: la competitividad de una estructura, bien sea tecnológica, sanitaria, etc. no se genera únicamente por la competitividad interna de sus miembros. Siguiendo con el ejemplo anterior: el progreso tecnológico desarrollado durante la guerra fría por la URSS y los EE.UU. se vio favorecido por la competencia entre ambos sistemas, y no solamente por las competencias internas entre las unidades internas de los mismos.

Quinto punto en desacuerdo: la competencia no es un concepto medible únicamente a nivel económico-empresarial. Esto ya lo expuse al principio de este texto. Decir que un sistema comunista no genera competitividad es pues un absurdo. ¿No hay competitividad en el deporte? ¿No hay competitividad académica? ¿No hay competitividad a nivel de logros personales? ¡Claro que la hay! Entonces, ¿a qué tipo de competitividad estamos haciendo ilusión? Eso que lo reflexione cada uno.

Sexto y último punto en desacuerdo: en la educación pública española no hay competitividad. ¿Qué representa entonces la PAU? ¿Y el MIR? ¿Y el hecho de que exista un número limitado de plazas para especialidades? En España si hay competitividad educativa, negarlo es un absurdo.
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El discurso neoliberal es, a términos generales, el armazón donde pequeños clavos, donde pequeñas afirmaciones cotidianas, imperceptibles, anclan la estructura ideológica dominante. Por separado, solo es un profesor universitario diciendo su opinión a los alumnos que lo escuchan, solo es un tertuliano gritando por la televisión, solo es un libro de la ESO que educa selectivamente, solo es una capilla en una universidad… en conjunto, es la expresión de una ideología implantada en la sociedad. ¿Qué solución debemos imponer? Evidentemente, no la prohibición, pero si la resistencia, por medio del autoaprendizaje, la dialéctica y la enseñanza. ¡Qué curioso, la solución no es más que generar competencia!




[1] Alice, J. (1987) Evaluating industrial competitiveness at the office of technology in society. New York: Basic Book Inc. Extraido del sitio http://www.ucentral.edu.co/
[2] Martens, M.P. y Weber, S.N. (2002) Psychometric properties of the Sport Motivation Scale: an evaluation with college varsity athletes from de U.S. Journal of Sport and Exercise Psychology
[3] Podéis consultar la definición de la RAE aquí
[4] No estoy refiriéndome en este artículo a la economía solamente, aunque pudiera parecerlo.
[5] Remor, E (2007) Propuesta de un cuestionario breve para la evaluación de la competitividad en el ámbito deportivo: competividad-10. Revista de Psicología del Deporte, Vol. 16. Podéis descargaros este número de la revista aquí
[6] No puede uno pensar que esta premisa, según la cual todos podemos triunfar, es aplicable al total de la población. Morris Berman, en una entrevista que podéis ver aquí, desmonta esta teoría con el simple argumento de la finitud del mundo material.
[7] Puede leerse el informe aquí
[8] El informa puede leerse aquí
[9] Este dato puede consultarse aquí

1 comentario:

asdf dijo...

La competitividad debe significar autosuperación. Es una forma de que los errores del pasado nos ayuden a aprender y evitar que vuelvan a ocurrirnos en el futuro. Es una forma de mejorar nosotros mismos. Y todo sin ser excesivo. La competitividad excesiva genera egoísmo, rivalidad y "aplasta" al resto, "a los que se quedan abajo".

Y la competitividad, estoy de acuerdo, no siempre tiene que ir de la mano de la política y la economía. La competitividad es un valor que nosotros adquirimos para nuestro propio bien y para mejorar. Y nos debería ayudar para ser mejores personas, no para destruirnos.