Dos ideas claves para entender la superestructura
I. Martín Torres
La
hipótesis de los tres sectores, enunciada por C. Clark y J. Fourastié, es
ampliamente utilizada como modelo de descripción de la estructura económica de
la sociedad. La infraestructura[1], término poco usado hoy en
día, muy útil sin embargo a términos de análisis, es a efectos prácticos una
rendija muy útil para asomarse y vislumbrar, desde otra perspectiva, el
funcionamiento de la sociedad. Entre las mejores innovaciones de Marx y Engels
respecto al pensamiento tradicional es la idea de que es la infraestructura la base sobre la cual se cimienta la superestructura.
La sociedad, por lo tanto, no se genera completamente a partir de la filosofía,
el pensamiento individual o colectivo o la conciencia social, sino que parte de
la producción, siendo las relaciones existentes de las personas con los medios
de producción las que condicionan la superestructura. A. Ponce en su libro Educación y Lucha de Clases [2]
desarrolla este tema de forma meticulosa, centrándolo en las relaciones entre
infraestructura y educación.
Sin
embargo, es muy importante no tomar al pie de la letra esta afirmación que, por
otra parte, es falseada por numerosos antimarxistas (y marxistas) con objetivo
de realizar una crítica fácil, la conocida falacia
del hombre de paja. Es evidente que la infraestructura no es un
determinante total de cualquier superestructura. F. Engels, en el Anti-Düring [3]
expone que la estructura económica de la
sociedad constituye en cada caso el fundamento real a partir del cual hay que
explicar en última instancia toda
superestructura. El hecho de que Marx y Engels insistieran tanto en este
cambio de paradigma materialista no se debe a que defiendan la relación única y
causal de la infraestructura respecto a la superestructura, sino al enfoque -por
aquel entonces dominante y muy asentado- idealista del resto de teóricos al que
pretendían contraponerse. Podemos citar un párrafo de Engels [4] que explica esto:
"El desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario,
artístico, etc., descansa en el desarrollo económico. Pero todos ellos
repercuten también los unos sobre los otros y sobre su base económica. No es
que la situación económica sea la causa, lo único activo, y todo lo demás
efectos puramente pasivos. Hay un juego de acciones y reacciones, sobre la base
de la necesidad económica, que se impone siempre, en última instancia. El Estado, por
ejemplo, actúa por medio de los aranceles protectores, el librecambio, el buen
o mal régimen fiscal; y hasta la mortal agonía y la impotencia del filisteo
alemán por efecto de la mísera situación económica de Alemania desde 1648 hasta
1830, y que se revelaron primero en el pietismo y luego en el sentimentalismo y
en la sumisión servil a los príncipes y a la nobleza, no dejaron de surtir su
efecto económico […] No es, pues, como de vez en cuando, por razones de
comodidad, se quiere imaginar, que la situación económica ejerza un efecto
automático; no, son los mismos hombres los que hacen la historia, aunque dentro
de un medio dado que los condiciona, y a base de las relaciones efectivas con
que se encuentran, entre las cuales las decisivas, en última instancia, y las
que nos dan el único hilo de engarce que puede servirnos para entender los
acontecimientos son las económicas, por mucho que en ellas puedan influir, a su
vez, las demás, las políticas e ideológicas”
Por
última, cabe destacar otra mala interpretación de la teoría marxista muy común
al generalizar, que es la supuesta rigidez de la superestructura. Esta se
entiende típicamente como una noción,
no como un concepto, y sus límites
están poco definidos y deben ser aclarados todavía. ¿Entra dentro de la
superestructura la filosofía por entero? ¿Podría englobarse dentro de la misma
el lenguaje? ¿Podrían, en la actualidad, conservarse íntegros los márgenes
definitorios de la misma? La primera pregunta se la hacían los propios Marx y
Engels. En cuanto a la segunda pregunta, la formuló en su día I. Stalin, que
concluyó que el lenguaje debía quedar fuera de la cesta, un tanto deshilachada,
de la superestructura. Dicha noción es pues cambiante (como evidencia la
tercera pregunta) y frágil en cuanto a que no es un concepto totalmente maduro,
por lo que debe desarrollarse aún más. No debe caerse pues en una mala
interpretación del mismo, sino que es prioritario mantener el espíritu
dialéctico –contradicción máxima donde las haya por cierto–
En resumen, no debe
caerse tan fácilmente en el marxismo
vulgar: las cazas de brujas que se hacían
y se hacen contra el marxismo, que pretenden simplificarlo, manipularlo
y después hundirlo deben ser refutadas con rigor y conocimiento. A diferencia
de lo que se empeñen en decir, como todo buen proceso dialéctico, el
conocimiento –y más aún el marxismo– evoluciona, y no es una doctrina que pueda
tumbarse simplemente con afirmaciones categóricas sobre falsificaciones del
mismo
[1] Marx y
Engels entienden infraestructura como aquella base, estructura económica de la
sociedad. Así mismo, se define superestructura como las instituciones
jurídico-políticicas, así como a las formas de conciencia o “pensamiento social”
[3] Citado
de la obra Los conceptos elementales del
materialismo histórico, de M. Harnecker, página 59.
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